El otro día tuve un sueño… mi marido y yo estábamos de viaje, en algún lugar de las Islas Griegas… el agua era intensamente azul, el sol caía a plomo y allí estábamos nosotros, tumbados a la sombra, daikiri en mano, disfrutando de una inusual tranquilidad… todo era perfecto, el entorno, la temperatura, hasta mi peinado y mi manicura… pero entonces empecé a sentirme inquieta… algo no encajaba en toda aquella perfección; hacía ya un rato que intentaba dar con el elemento discordante… algo no iba bien, estaba convencida… mi corazón latía cada vez con más fuerza, la inquietud se convirtió en ansiedad y la ansiedad en desesperación… la angustia crecía y crecía y todavía no era capaz de saber qué estaba pasando… hasta que de repente todo se paró, sentí un profundo dolor en el pecho y me di cuenta… ¡ellos no estaban!!! Casi sin fuerzas y con un agónico hilo de voz pregunté a mi marido: -¿Dónde están los niños?” Por su cara supe que no sabía de qué le hablaba. -”¿Qué niños?” ¡No podía ser! me estaría volviendo loca… ¡pero no! ¡estaba segura! Grité que me devolviesen a mis hijos, que haría lo que fuese para recuperarlos… entonces recordé algo… el día anterior estaba muy cansada, los niños no se estaban portando bien; hiciese lo que hiciese todo parecía salir al revés… y lo dije… dije:-”¡Ojalá pudiese perderme en una isla desierta y descansar… sin problemas, sin prisas… sin NIÑOS!!! Y alguien se encargó de cumplir mi deseo… ¡pero yo no quería! ¡no hablaba en serio! ¡devolvedme a mis hijos! ¡juro que no me volveré a quejar! ¡quiero volver atrás! y una especie de eco se encargó de repetir: “atrás, atrássss…” y la angustia comenzó a apaciguarse y empecé a ver con claridad… ¡atrás! ¡eso es! Había retrocedido en el tiempo, a un tiempo anterior a mis hijos… mis hijos no estaban porque no existían y no existían porque todavía no habían nacido; estaba soñando y mi sueño pertenecía al pasado… Abrí los ojos y lentamente me incorporé en cama; mi corazón todavía latía con fuerza; me levanté y corrí a su habitación, de la cuna de uno a la camita del otro… y allí me quedé un buen rato…
…En fin, este sueño no fue real (aunque, conociéndome, podría haberlo sido); es sólo mi particular manera de expresar que la vida de tranquilidad, de dormir ocho horas seguidas, la vida de viajes, de noches hasta las mil, que esa vida estaba muy bien… pero que la vida con ELLOS es todavía mejor. Por eso y adelantándome al día de la madre, mi entrada de hoy te la dedico a TI, que como yo, sigues despertándote por las noches para comprobar que los niños respiran, que sin pretenderlo has desarrollado un sistema de alerta que ya lo quisiera el CNI, a ti que te pasas el día corriendo para abarcarlo todo, que aunque nadie te ha enseñado, has aprendido a multiplicar el tiempo, a ti, que a falta de canguro, te ves llevando los niños a los sitios más insospechados, que llevas años sin pisar un cine (¡a no ser que echen una de dibujos!), que tus viajes se han convertido en “viajecitos”, a ti que lo haces lo mejor posible y aun así siempre crees que podrías hacerlo mejor… por eso y, seguramente por mucho más, esta dedicatoria (y de paso esta receta) son para TI.
INGREDIENTES:
-6 huevos pequeños
-150 gr de azúcar glas
-200 gr de mantequilla (a temperatura ambiente)
-110 gr de harina floja
-220 gr de chocolate negro para fundir
-1 pizca de cacao en polvo
-1 pizca de canela u otra especia
-1 pizca de sal
–Mezclamos la mantequilla con el azúcar.
-Añadimos los huevos (de uno en uno) y seguimos batiendo.
-Añadimos la harina y la especia elegida y batimos hasta que quede una pasta homogénea.
-Fundimos el chocolate (en el micro o al baño maría) y lo incorporamos a la mezcla junto con la pizca de cacao y sal.
-Mezclamos bien todos los ingredientes y repartimos el mejunje en moldes engrasados.
-Los metemos en el congelador (durante unas horas como mínimo)
-Horneamos (horno precalentado a 180 grados); la receta original (una versión de Paco Torreblanca del pionero coulant de Michel Bras) dice que en 16 minutos estará listo; en mi horno fueron 20 minutos. Seguramente nos saldrán bien la segunda vez que los hagamos o cuando le hayamos cogido bien el punto al tiempo y la cocción… He oído decir que es el postre ideal cuando tienes invitados porque los puedes tener congelados (los coulants) y hornear mientras tus comensales van terminando de comer pero mi recomendación es que sólo los hagas cuando tengas los tiempos muy controlados, ya que puede ser que pase de ser un postre de lo más vistoso a un desastre amorfo-desinflado espachurrado en el plato… así que, ante la duda y la falta de práctica, absténganse los perfeccionistas… eso sí, ¡un coulant perfecto es un manjar para la vista y para el paladar!
Con él os dejo, en mi particular homenaje a las madres… como siempre, espero que os guste y ¡que tengáis un feliz día!!!

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